Descubre la historia del incendio que destruyó el majestuoso Templo de Artemisa en Éfeso el 21 de julio de 356 a.C., una de las Siete Maravillas del Mundo Antiguo. Conoce quién fue Eróstrato, el hombre detrás del crimen, y cómo su búsqueda de fama marcó para siempre la memoria histórica.
Eróstrato y el Templo de Artemisa: La noche que ardió una maravilla del mundo antiguo
Éfeso y el esplendor del Artemision
En el siglo IV a.C., Éfeso era una ciudad vibrante en la costa de Asia Menor (actual Turquía), famosa por albergar uno de los monumentos más impresionantes del mundo antiguo: el Templo de Artemisa. Este santuario, dedicado a la diosa de la caza, la fertilidad y la naturaleza, era una obra maestra de la arquitectura jónica. Medía aproximadamente 115 metros de largo por 55 de ancho y estaba rodeado por 127 columnas de mármol de 18 metros de altura.
Construido con materiales lujosos como cedro del Líbano y mármol blanco, el templo no solo era un centro religioso, sino también un símbolo de identidad cívica y orgullo cultural para los efesios. Su magnificencia fue tal que Antípatro de Sidón, autor de una de las primeras listas de las Siete Maravillas, escribió: “Cuando vi la casa de Artemisa encumbrada hasta las nubes, aquellas otras maravillas perdieron su esplendor”.
El incendio: una noche de destrucción
La madrugada del 21 de julio de 356 a.C. fue testigo de uno de los actos más infames de la historia antigua. Eróstrato, un pastor efesio de origen humilde, logró infiltrarse en el templo y prender fuego al techo de madera. Las llamas se propagaron rápidamente, devorando la estructura y provocando el colapso de columnas y muros.
El historiador Teopompo fue uno de los primeros en registrar el evento, revelando que Eróstrato confesó bajo tortura que su único propósito era alcanzar la fama eterna destruyendo el edificio más bello del mundo. Su nombre, que debía ser borrado de la historia por decreto oficial, terminó inmortalizado por los mismos cronistas que intentaban censurarlo.
La motivación detrás del crimen
El acto de Eróstrato no fue producto de locura ni de venganza personal, sino de una ambición desmedida por la notoriedad. En palabras del filósofo Fernando Pessoa, “Eróstrato y la búsqueda de la inmortalidad” representan el deseo humano de trascender a cualquier precio. Su nombre dio origen al término “herostratismo”, que en psicología moderna describe el impulso de cometer actos destructivos para obtener fama.
Algunos relatos sugieren que Eróstrato fue rechazado por la casta sacerdotal del templo, lo que habría alimentado su resentimiento. Otros, como Aristóteles, plantearon que el incendio pudo haber sido causado por un rayo, dada la vigilancia constante del recinto. Sin embargo, la confesión bajo tortura y la ejecución pública consolidaron la versión oficial del crimen premeditado.
Reconstrucción y legado arquitectónico
Tras el incendio, el templo fue reconstruido en el año 323 a.C., después de la muerte de Alejandro Magno, quien —según la leyenda— nació la misma noche del siniestro. Plutarco escribió que Artemisa no pudo salvar su templo porque estaba asistiendo al nacimiento del futuro conquistador.
La nueva versión del templo fue aún más grande, con 137 metros de largo y 69 de ancho, y más de 100 columnas de 18 metros de altura. Este segundo Artemision resistió hasta el siglo III d.C., cuando fue destruido por los godos. Posteriormente, sus restos fueron reutilizados en construcciones cristianas, como la Basílica de Santa Sofía.
Impacto cultural y simbólico
El incendio del Templo de Artemisa no solo significó la pérdida de una joya arquitectónica, sino también el surgimiento de un arquetipo cultural. Eróstrato se convirtió en símbolo de la vanidad destructiva, citado por autores como Cervantes, Lope de Vega, Victor Hugo y Jean-Paul Sartre. Su historia ha inspirado cuentos, poemas, obras filosóficas y hasta películas, como Herostratus (1967) de Don Levy.
El historiador Francesc Cervera lo resume con precisión: “Eróstrato no alegó más causa a su acción que la pasión por la gloria y la alegría de oír su nombre”. Su legado, aunque oscuro, ha perdurado como advertencia sobre los peligros del ego desmedido y la obsesión por la fama.
El sitio arqueológico hoy
Actualmente, en Éfeso solo queda una columna solitaria en el lugar donde se erguía el majestuoso templo. Este vestigio silencioso recuerda no solo la grandeza del pasado, sino también la fragilidad de las obras humanas frente a la ambición individual. El sitio es visitado por miles de turistas cada año, atraídos por la historia de una maravilla que ardió en busca de inmortalidad.

