El 22 de julio de 1209, la ciudad francesa de Béziers fue escenario de una de las masacres más brutales de la Edad Media. En el marco de la Cruzada Albigense, tropas cruzadas enviadas por el Papa Inocencio III arrasaron la ciudad, asesinando a miles de personas sin distinción entre cátaros y católicos. Descubre cómo se gestó este ataque, qué lo motivó y por qué se convirtió en símbolo de intolerancia religiosa en Europa.
La masacre de Béziers: el inicio sangriento de la Cruzada Albigense
Béziers, joya del Languedoc
Ubicada en la región de Occitania, Béziers era una ciudad próspera, con unos 10.000 habitantes, conocida por su tolerancia religiosa y su vibrante vida urbana. En el siglo XIII, esta zona del sur de Francia se convirtió en refugio de los cátaros —también llamados albigenses—, un movimiento cristiano considerado herético por la Iglesia Católica por su visión dualista del mundo y su rechazo a la autoridad papal.
La ciudad estaba bajo el dominio del vizconde Ramón Roger de Trencavel, quien, aunque no era cátaro, protegía a sus súbditos sin distinción de credo. Esta actitud de neutralidad fue vista por Roma como complicidad.
La cruzada albigense: una guerra santa contra la disidencia
Tras el asesinato del legado papal Pierre de Castelnau en 1208 —crimen atribuido al entorno del conde de Tolosa— el Papa Inocencio III proclamó una cruzada contra los cátaros. Prometió indulgencias plenarias y tierras a los nobles del norte de Francia que se unieran a la campaña. Así, lo que comenzó como una misión religiosa se transformó rápidamente en una guerra de conquista.
El ejército cruzado, liderado por el legado papal Arnaud Amalric, marchó hacia el sur con miles de caballeros, peones y clérigos armados. Béziers fue su primer objetivo.
El ataque: la frase que selló el destino de miles
El 22 de julio de 1209, en plena festividad de Santa María Magdalena, los cruzados llegaron a las puertas de Béziers. Exigieron la entrega de 222 cátaros identificados como herejes. La ciudad se negó. La guarnición local, en un acto imprudente, salió a escaramuzar y dejó las puertas abiertas. Los cruzados aprovecharon la brecha y entraron sin resistencia.
Cuando uno de los oficiales preguntó cómo distinguir a los cátaros de los católicos, Amalric respondió con una frase que pasaría a la historia: “Matadlos a todos, Dios reconocerá a los suyos”. Esta cita, recogida por Cesáreo de Heisterbach décadas después, se convirtió en símbolo del fanatismo religioso medieval.
La masacre: fuego, sangre y silencio
La entrada de los cruzados desató una carnicería. Hombres, mujeres, niños, ancianos y clérigos fueron asesinados sin distinción. La catedral de Saint-Nazaire, donde cientos buscaron refugio, fue incendiada con todos dentro. Las campanas que sonaban para pedir misericordia se apagaron bajo el estruendo de las llamas.
Según el cronista Guillermo de Tudela, entre 15.000 y 20.000 personas fueron ejecutadas. Aunque algunos historiadores modernos estiman cifras más bajas, el impacto psicológico fue devastador. Béziers quedó en ruinas, y su población prácticamente aniquilada.
La brutalidad del ataque sembró el pánico en toda Occitania. Ciudades como Carcasona y Albi capitularon sin resistencia ante el avance cruzado. La masacre de Béziers se convirtió en una advertencia: resistirse significaba la destrucción total.
El legado papal Amalric utilizó el terror como herramienta política. La cruzada dejó de ser una campaña religiosa y se convirtió en una guerra de ocupación. Los nobles del norte tomaron posesión de tierras occitanas, desplazando a las casas feudales locales.
Béziers como símbolo: el poder absoluto del papado
La masacre de Béziers marcó el inicio de una nueva era en la relación entre Iglesia y poder secular. El papado demostró que podía movilizar ejércitos, destruir ciudades y reconfigurar territorios en nombre de la ortodoxia. La cruzada albigense duraría dos décadas, culminando con la caída de Montségur en 1244 y la instauración de la Inquisición en la región.
El historiador Víctor Galán Tendero lo resume así: “Béziers fue entregada a lobos y chacales. Su espantoso final sembró el pánico en las ciudades del Languedoc. No se esperaba esto. Que la cruzada fuera una guerra, lo sabían todos; pero que el Vaticano rivalizara en rigor con el Louvre, eso no se esperaba”.
El legado: memoria, literatura y justicia
La masacre de Béziers ha sido retratada en crónicas, poemas y estudios históricos como uno de los episodios más oscuros de la Edad Media. La frase de Amalric se convirtió en emblema del fanatismo religioso. La ciudad, reconstruida siglos después, conserva en su memoria colectiva el recuerdo de aquel 22 de julio.
Hoy, Béziers es símbolo de resistencia, de la lucha por la libertad de conciencia y de los peligros de la intolerancia institucionalizada. Su historia sigue viva en libros, documentales y en las piedras de su catedral reconstruida.

