El 3 de enero de 1521, el Papa León X emitió la bula Decet Romanum Pontificem, excomulgando oficialmente a Martín Lutero. Este acto marcó un punto de no retorno en la Reforma Protestante, consolidando la ruptura entre Lutero y la Iglesia Católica. Descubre cómo se gestó esta decisión, qué consecuencias tuvo y por qué se convirtió en uno de los momentos más decisivos en la historia del cristianismo occidental.
El día que Roma expulsó a Lutero: La excomunión que dividió la cristiandad
Contexto histórico: el germen de la Reforma
A comienzos del siglo XVI, la Iglesia Católica enfrentaba crecientes críticas por prácticas como la venta de indulgencias, el nepotismo y la acumulación de poder político. En medio de este clima de descontento, Martín Lutero, monje agustino y teólogo alemán, publicó en 1517 sus famosas 95 tesis, clavadas —según la tradición— en la puerta de la iglesia de Wittenberg. En ellas denunciaba la corrupción eclesiástica y proponía una reforma profunda basada en la fe y las Escrituras.
Su mensaje se propagó rápidamente gracias a la imprenta, generando un movimiento que desafiaba la autoridad papal y proponía una nueva forma de entender la relación entre Dios y el creyente.
Lutero desafía al Vaticano
La reacción del Vaticano no se hizo esperar. En junio de 1520, el Papa León X emitió la bula Exsurge Domine, en la que condenaba 41 errores doctrinales atribuidos a Lutero y le daba 60 días para retractarse. Pero Lutero, lejos de ceder, quemó públicamente la bula el 10 de diciembre de ese mismo año en Wittenberg, junto con libros de derecho canónico, en un acto de abierta rebeldía.
Según el historiador Roland Bainton, “Lutero no fue un hereje en el sentido clásico, sino un rebelde renuente que se vio obligado a elegir entre su conciencia y la obediencia”.
El acto papal: Decet Romanum Pontificem
El 3 de enero de 1521, en Roma, León X respondió con firmeza. Emitió la bula Decet Romanum Pontificem, que oficializó la excomunión de Lutero y lo declaró hereje. El documento, redactado en latín, condenaba no solo a Lutero, sino también a sus seguidores, y ordenaba que sus escritos fueran quemados. La bula afirmaba que “conviene al Pontífice Romano tomar medidas severas contra quienes contaminan la fe con errores y cismas”.
Este acto no solo tenía implicaciones religiosas, sino también políticas. La excomunión implicaba que Lutero quedaba fuera de la protección de la Iglesia, y que los príncipes cristianos podían perseguirlo legalmente.
La respuesta de Lutero y el apoyo político
Lejos de retractarse, Lutero se refugió bajo la protección de Federico el Sabio, elector de Sajonia, quien lo escondió en el castillo de Wartburg. Allí, Lutero tradujo la Biblia al alemán, democratizando el acceso a las Escrituras y fortaleciendo el movimiento reformista.
Su excomunión no debilitó su influencia; al contrario, lo convirtió en símbolo de resistencia. En palabras de Renata Domínguez, “la excomunión de Lutero fue el catalizador que transformó una protesta teológica en una revolución espiritual”.
Consecuencias inmediatas y a largo plazo
La bula papal no logró frenar el avance de la Reforma. En mayo de 1521, Lutero fue convocado a la Dieta de Worms, donde reafirmó sus ideas con la célebre frase: “Aquí estoy. No puedo hacer otra cosa. Que Dios me ayude”.
A partir de entonces, surgieron múltiples iglesias protestantes que rompieron con Roma. La Iglesia Católica, por su parte, inició un proceso de contrarreforma que culminaría en el Concilio de Trento (1545–1563).
El legado de un conflicto irreconciliable
La excomunión de Lutero marcó el inicio de una nueva era en la historia del cristianismo. El acto de León X fue más que una sanción religiosa: fue el reconocimiento de que el poder papal ya no era incuestionable. Lutero, con su firmeza doctrinal y su capacidad de comunicar ideas complejas al pueblo, se convirtió en el padre de la Reforma Protestante.
Hoy, el documento Decet Romanum Pontificem se conserva en el Archivo Secreto del Vaticano, como testimonio de uno de los momentos más decisivos en la historia religiosa de Occidenten.

