El 23 de julio de 1431, se inauguró el noveno concilio ecuménico universal de la Iglesia Católica en Basilea (Suiza). Convocado por el papa Martín V y continuado por Eugenio IV, este evento buscó reformar la Iglesia, resolver el conflicto con los husitas y enfrentar el creciente poder del conciliarismo. Descubre cómo se desarrolló este concilio, qué lo motivó y por qué marcó un antes y un después en la historia religiosa de Europa.
El Concilio de Basilea: Un punto de quiebre en la historia de la Iglesia Católica
Basilea sede estratégica del noveno concilio ecuménico
El 23 de julio de 1431, en la ciudad suiza de Basilea, se dio inicio a uno de los eventos más significativos en la historia de la Iglesia Católica: el noveno Concilio Ecuménico Universal. Aunque algunos historiadores lo consideran parte del XVII Concilio Ecuménico (Basilea-Ferrara-Florencia), su apertura en Basilea marcó el comienzo de una confrontación ideológica que sacudiría los cimientos del poder papal.
La convocatoria fue realizada por el papa Martín V, quien falleció en febrero de ese mismo año. Su sucesor, Eugenio IV, heredó la responsabilidad de continuar con el concilio, aunque pronto intentaría disolverlo. El cardenal Giuliano Cesarini, nombrado por Martín V como legado papal, presidió la primera sesión pública, pero se retiró al recibir la bula de disolución emitida por Eugenio IV.
La elección de Basilea como sede no fue casual. Se trataba de una ciudad neutral, alejada de las influencias políticas de Roma y de las potencias europeas. Según el historiador Edmund Richer, esta ubicación buscaba garantizar la independencia del concilio frente a las presiones externas. Además, el emperador Segismundo del Sacro Imperio Romano Germánico apoyó la elección, buscando una reforma profunda en la Iglesia que incluyera la pacificación de Europa y la resolución de las guerras husitas.
El concilio reunió a una amplia gama de representantes: cardenales, obispos, abades, teólogos y juristas.
Contexto de crisis: herejías, guerras y corrupción
El siglo XV estaba marcado por tensiones religiosas y políticas. La Iglesia enfrentaba el legado del Cisma de Occidente (1378–1417), que había debilitado la autoridad papal. Además, las enseñanzas de Jan Hus y los husitas en Bohemia desafiaban la ortodoxia católica, mientras que el avance del Imperio Otomano amenazaba la cristiandad oriental.
El concilio fue convocado con cuatro objetivos principales:
- Extirpar la herejía husita.
- Reformar la Iglesia “en su cabeza y miembros”.
- Establecer la paz entre las naciones cristianas.
- Buscar la reunificación con la Iglesia ortodoxa.
El conciliarismo: ¿quién manda en la Iglesia?
Uno de los debates más intensos fue el del conciliarismo, una doctrina que sostenía que el concilio tenía autoridad superior al papa. Esta idea, respaldada por el decreto Haec Sancta del Concilio de Constanza (1415), fue reafirmada por los participantes en Basilea, quienes se negaron a aceptar la disolución ordenada por Eugenio IV.
El obispo Philibert de Constance fue elegido como nuevo presidente tras la retirada de Cesarini, y el concilio continuó sus sesiones desafiando abiertamente al pontífice. En palabras del cronista Jean d’Arces, “el espíritu de reforma se impuso sobre la obediencia ciega”.
Reformas y decretos clave
Durante sus sesiones, el concilio abordó reformas profundas:
- Se condenó el concubinato clerical.
- Se suprimieron las anatas (impuestos papales sobre beneficios eclesiásticos).
- Se reguló la elección de obispos y la celebración de sínodos provinciales.
- Se permitió a los husitas recibir la comunión en ambas especies (pan y vino), mediante el decreto Compactata.
Estas medidas buscaban restaurar la disciplina eclesiástica y responder a las demandas de los fieles, especialmente en regiones como Alemania y Bohemia, donde el descontento era creciente.
División y traslado del concilio
La tensión entre el concilio y el papa alcanzó su punto máximo en 1437, cuando Eugenio IV ordenó el traslado del concilio a Ferrara, buscando negociar con la Iglesia ortodoxa en un entorno más favorable. Sin embargo, la mayoría de los participantes se negó a acatar la orden y permaneció en Basilea, declarando depuesto al papa en 1439 y eligiendo como antipapa a Amadeo VIII de Saboya, quien tomó el nombre de Félix V.
Este acto profundizó el cisma interno y debilitó la legitimidad del concilio, que continuó sus sesiones hasta 1449, cuando se trasladó a Lausana y se disolvió definitivamente.
Impacto duradero en la historia eclesiástica
Aunque el concilio no logró todas sus metas, su legado fue profundo. Sentó las bases para los movimientos reformistas del siglo XVI, como la Reforma Protestante, y cuestionó la centralización del poder papal. Además, promovió el diálogo interconfesional y abrió espacios para la participación laica en asuntos religiosos.
Como señaló Lucía Paredes, investigadora de Dayhist.com, “el Concilio de Basilea fue más que una reunión de teólogos; fue una manifestación del deseo colectivo de transformar la Iglesia desde sus raíces”.

