El 26 de julio de 1139, Alfonso I de Portugal fue proclamado rey de Portugal y proclama la independencia del Reino de León. Descubre este relato detallado sobre la batalla de Ourique, el contexto político y religioso, y el surgimiento de una nueva monarquía en la península ibérica.
Alfonso I: Proclamación Real e Independencia de Portugal
El nacimiento de una monarquía independiente
En el verano de 1139, en tierras del sur de Portugal, se gestó uno de los momentos más decisivos de la historia ibérica. Alfonso Henriques, hasta entonces infante y líder militar del Condado Portucalense, fue aclamado por sus tropas como rey de Portugal tras una victoria resonante contra las fuerzas musulmanas en la batalla de Ourique. Este acto no solo consolidó su liderazgo, sino que marcó el inicio de la independencia del Reino de León y el surgimiento de una nueva entidad política: el Reino de Portugal.
El camino hacia la soberanía: tensiones con León y conflictos internos
Desde la muerte de su padre, Enrique de Borgoña, en 1112, Alfonso Henriques había vivido bajo la regencia de su madre, Teresa de León. Sin embargo, la influencia gallega sobre el condado, especialmente a través del conde Fernando Pérez de Traba, generó descontento entre la nobleza portuguesa.
En 1128, Alfonso se rebeló y venció a las tropas de su madre en la batalla de San Mamede, cerca de Guimarães, consolidando su poder como gobernante del condado.
Durante los años siguientes, Alfonso mantuvo una política de expansión territorial y fortalecimiento militar. Su corte se trasladó a Coímbra, desde donde organizó campañas contra los musulmanes y reforzó alianzas con el clero local. El historiador José Mattoso señala que “el establecimiento de Alfonso Henriques en Coímbra abre el camino para el ensanche del territorio; y este ensanche, a su vez, hace posible la supervivencia del Portugal como país independiente”.
La batalla de Ourique: mito, estrategia y proclamación
El 25 de julio de 1139, en la festividad de Santiago, Alfonso Henriques enfrentó a un poderoso contingente musulmán en Ourique, en el Alentejo. Aunque los detalles exactos del enfrentamiento son objeto de debate, las crónicas medievales lo describen como una victoria milagrosa. Según la tradición recogida por Frei António Brandão en el siglo XVII, Alfonso habría tenido una visión divina antes del combate, en la que Cristo le prometía la victoria y el futuro del reino portugués.
Más allá del mito, lo cierto es que la victoria en Ourique fue contundente. Las tropas cristianas, motivadas por el liderazgo de Alfonso, lograron desarticular al ejército musulmán y asegurar el control de la región. Al día siguiente, el 26 de julio de 1139, los nobles y soldados reunidos en el campo lo aclamaron como rey, rompiendo formalmente los lazos de vasallaje con el Reino de León.
La legitimación del nuevo reino: diplomacia y religión
Aunque la proclamación fue un acto interno, Alfonso Henriques comprendía que la legitimidad de su título requería reconocimiento externo. En los años siguientes, inició negociaciones con la Santa Sede para obtener el respaldo papal. En 1143, el Tratado de Zamora selló la paz entre Alfonso I y su primo Alfonso VII de León, quien reconoció la dignidad regia del monarca portugués.
El cardenal Guido de Vico, legado papal, fue testigo del acuerdo, que marcó el inicio de la autonomía diplomática de Portugal. Posteriormente, en 1179, el papa Alejandro III emitió la bula Manifestis Probatum, reconociendo oficialmente a Alfonso I como rey y a Portugal como reino independiente.
Consolidación interna: monasterios, leyes y expansión territorial
Alfonso I no solo se dedicó a la guerra. Fue un promotor activo de la vida religiosa y cultural. Fundó el Monasterio de Santa Cruz de Coímbra, que eligió como panteón real, y apoyó la creación de órdenes militares como la de Aviz. Estas instituciones no solo fortalecieron la identidad portuguesa, sino que sirvieron como centros de administración y evangelización en los territorios reconquistados.
Desde Coímbra, Alfonso lanzó campañas hacia el sur, conquistando Lisboa en 1147 con ayuda de cruzados en ruta hacia Tierra Santa, y Santarém, consolidando el dominio cristiano sobre el valle del Tajo. Estas victorias ampliaron el territorio portugués y reforzaron su posición frente a los reinos vecinos.
El legado de Alfonso I: fundador, conquistador y símbolo nacional
Alfonso Henriques gobernó hasta su muerte en 1185, dejando un reino consolidado, con fronteras definidas y una identidad política propia. Fue conocido como O Conquistador, O Fundador y El Grande. Incluso los musulmanes lo llamaban Ibn-Arrik (“hijo de Enrique”) y El-Bortukali (“el portugués”), en señal de respeto.
Su figura se convirtió en símbolo de la independencia y la resistencia portuguesa. La historiadora Isabela Cano resume su impacto diciendo: “Ese día marcamos nuestro destino; fuimos más que hombres en armas, fuimos portadores de libertad”.

