Diocleciano nombra a Maximiano como césar y codirigente, inicia la diarquía imperial en Roma

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El 25 de julio del año 285 d.C., el emperador romano Diocleciano tomó una decisión que cambiaría el curso del Imperio: designó a Maximiano como césar codirigente. Este nombramiento marcó el inicio de la diarquía, una fórmula de gobierno compartido que buscaba estabilizar un imperio debilitado por décadas de crisis. Descubre cómo se gestó esta alianza, qué motivó a Diocleciano a compartir el poder y cómo esta estrategia sentó las bases para la futura Tetrarquía.

Por: Carlos Ali Rodriguez | Publicado: 25 Jul 2025

Diocleciano y Maximiano: El nacimiento de la diarquía imperial en Roma

Un Imperio al borde del colapso

A mediados del siglo III, el Imperio romano atravesaba una de sus peores crisis: emperadores efímeros, guerras civiles, invasiones bárbaras y una economía en ruinas. Esta etapa, conocida como la Crisis del siglo III, dejó al Imperio debilitado y fragmentado. En este contexto, Diocleciano, un militar ilirio de origen humilde, fue proclamado emperador por sus tropas en noviembre del año 284, tras la muerte de Numeriano y la derrota de Carino en la batalla del río Margus.

Diocleciano entendió que el modelo de gobierno tradicional, centrado en una sola figura, era insuficiente para controlar un territorio tan vasto y convulso. Su solución fue revolucionaria: compartir el poder.

El nombramiento de Maximiano como César

El 25 de julio de 285, en la ciudad de Mediolanum (actual Milán, Italia), Diocleciano nombró a su compañero de armas Marco Aurelio Valerio Maximiano como César, es decir, coemperador subordinado3. Este acto dio inicio a la diarquía imperial, un sistema de gobierno dual en el que Diocleciano se encargaba de las provincias orientales y Maximiano de las occidentales.

La elección de Maximiano no fue casual. Según el historiador Stephen Williams, Diocleciano necesitaba un militar competente que pudiera enfrentar las amenazas en Galia, Britania y África, mientras él se ocupaba de los conflictos en Oriente. Maximiano, apodado “Hercúleo” por su fuerza y carácter, era el complemento perfecto para el “Jovio” Diocleciano, en una simbólica asociación con los dioses Júpiter y Hércules.

Reparto de tareas y consolidación del poder

Aunque ambos ostentaban el título de emperador, Diocleciano mantenía la autoridad suprema. Maximiano se encargó de sofocar la rebelión de los bagaudas en Galia y combatir a los piratas moros en Hispania y Mauritania. Mientras tanto, Diocleciano reorganizaba las provincias orientales y enfrentaba a los sármatas y persas.

La diarquía permitió una administración más eficiente y una respuesta militar más rápida. Como señala la Enciclopedia de la Historia del Mundo, esta división del poder fue “una solución pragmática a la crisis imperial”.

Legitimidad sin herencia: una nueva forma de sucesión

Diocleciano no tenía hijos varones, lo que lo llevó a buscar fuera de su estirpe a alguien en quien confiar. Algunos autores, como William Seston, sostienen que Diocleciano adoptó simbólicamente a Maximiano como su “filius augusti”, aunque esta teoría es debatida. Lo cierto es que Maximiano asumió el nomen Valerius, propio de la familia imperial, reforzando su legitimidad.

Este modelo de sucesión basado en el mérito y la confianza, y no en la herencia, sería la base de la futura Tetrarquía, instaurada por Diocleciano en el año 293.

Impacto político y administrativo

La instauración de la diarquía no solo fue una solución militar, sino también administrativa. Diocleciano reorganizó el Imperio en prefecturas y diócesis, descentralizando el poder y creando una burocracia más robusta. Esta estructura permitió una mejor recaudación de impuestos, control territorial y gestión de recursos.

Además, se establecieron nuevas capitales imperiales más cercanas a las fronteras: Nicomedia en Oriente y Milán en Occidente. Roma, aunque simbólicamente importante, perdió su rol central.

Religión, propaganda y persecuciones

Aunque en esta etapa Diocleciano aún no había iniciado las persecuciones contra los cristianos (que comenzarían en 303), su gobierno ya mostraba signos de autocracia y divinización del poder. Los emperadores eran representados como dioses en monedas y esculturas, y se exigía reverencia casi religiosa hacia su figura.

Maximiano, por su parte, adoptó una postura más brutal y directa, lo que lo hizo temido pero respetado por sus tropas.

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