El 22 de julio de 1298, la Batalla de Falkirk marcó un punto de inflexión en la Primera Guerra de Independencia de Escocia. William Wallace es derrotado por el ejército inglés liderado por el rey Eduardo I. Descubre cómo se desarrolló este enfrentamiento, qué tácticas se emplearon y por qué esta batalla sigue siendo recordada como una de las más decisivas de la Edad Media.
La Batalla de Falkirk: El día que las flechas inglesas silenciaron a Wallace
Escocia en llamas: el contexto de una guerra por la libertad
A finales del siglo XIII, Escocia se encontraba en una encrucijada política. Tras la muerte del rey Alejandro III y el fracaso de la sucesión de Margarita de Noruega, el trono escocés quedó vacante. Eduardo I de Inglaterra aprovechó la situación para imponer su dominio sobre Escocia, lo que desató la Primera Guerra de Independencia.
En este escenario emergió William Wallace, un líder carismático que, tras la victoria en el Puente de Stirling en 1297, fue nombrado Guardián de Escocia. Su figura encarnaba la resistencia popular contra la ocupación inglesa y se convirtió en símbolo de la lucha por la libertad.
Preparativos para el choque: dos ejércitos, dos visiones
Eduardo I, tras pactar una tregua con Francia, regresó a Inglaterra y organizó una segunda invasión de Escocia. Reunió un ejército formidable: más de 15.000 hombres, incluyendo caballería pesada, arqueros galeses con arcos largos y mercenarios gascones.
Wallace, por su parte, contaba con unos 8.000 lanceros, 1.500 arqueros y 500 jinetes, muchos de ellos campesinos armados con lanzas largas. Su estrategia se basaba en la táctica de tierra quemada, privando a los ingleses de víveres y desgastando su moral. Se atrincheró cerca de Falkirk, en el bosque de Callendar, esperando hostigar la retirada inglesa.
El campo de batalla: El ataque ingles, traición y caos
El 22 de julio de 1298, ambos ejércitos se encontraron en las cercanías de Falkirk, al sur de Stirling. Wallace dispuso a sus tropas en cuatro schiltrons, formaciones circulares de piqueros diseñadas para resistir cargas de caballería. Entre los huecos se ubicaron arqueros, y la caballería escocesa se posicionó en retaguardia.
La caballería inglesa, dividida en tres batallones, cargó contra los schiltrons. Aunque inicialmente fueron repelidos, los arqueros ingleses comenzaron a lanzar una lluvia de flechas sobre las formaciones escocesas, inmóviles y sin protección. Esta táctica, inspirada en la victoria inglesa en Maes Moydog (1295), fue devastadora.
El historiador Stuart Reid señala que “los schiltrons eran una defensa formidable, pero estática. Una vez rodeados y atacados por los arqueros, se convirtieron en blancos fáciles”.
La caballería escocesa, liderada por nobles como los Comyn, se retiró del campo sin combatir. Esta deserción dejó a los piqueros vulnerables. Eduardo I ordenó una segunda carga de caballería, que rompió las líneas escocesas y provocó una desbandada general.
Sir John de Graham y Sir John Stewart, aliados cercanos de Wallace, murieron en combate. Wallace logró escapar, pero su ejército fue aniquilado. Se estima que más de 3.000 escoceses murieron en la batalla.
Consecuencias estratégicas: victoria inglesa, resistencia intacta
Aunque Eduardo I ganó la batalla, no logró someter completamente a Escocia. Su ejército, debilitado por el hambre y la enfermedad, se retiró a Carlisle. Wallace renunció como Guardián de Escocia y comenzó una etapa de exilio y diplomacia que lo llevaría a Francia, Castilla y Roma.
La Batalla de Falkirk marcó el inicio del declive de Wallace como líder militar. Sin embargo, su figura perduró como símbolo de la lucha por la libertad escocesa. Como escribió Evan Macleod Barron: “Wallace era un guerrillero brillante, pero no un comandante de ejércitos convencionales. Falkirk fue su Waterloo medieval”.
Legado histórico: Falkirk como lección de liderazgo
La derrota en Falkirk evidenció la importancia de la coordinación, la disciplina y el liderazgo estratégico. La valentía individual no fue suficiente ante un ejército organizado y tácticamente superior. La batalla también demostró el poder del arco largo inglés, que cambiaría el curso de las guerras medievales.
Hoy, Falkirk es recordada como un punto de inflexión en la historia de Escocia. Un lugar donde la lucha por la independencia se enfrentó a su mayor desafío, y donde el mito de Wallace comenzó a forjarse en la memoria colectiva.

